TUYA ES LA SOLEDAD A MEDIANOCHE
TUYOS LOS ANIMALES SABIOS QUE PUEBLAN TU SUEÑO
EN ESPERA DE LA PALABRA ANTIGUA
TUYO EL AMOR Y SU SONIDO A VIENTO ROTO
martes, 6 de diciembre de 2011
Orgullo y prejuicio (Pride and prejudice)
Con la lluvia de fondo...
(Escena de la película basada en la novela homónima de Jane Austen)
El aparecido
Igual que un ángel de mirada fiera
hasta tu alcoba un día he de volver
y hacia ti deslizarme quedamente
envuelto entre las sombras de la noche.
Entonces te daré, morena mía,
besos que tengan gelidez de luna,
y te acariciaré como se arrastran
en torno de una fosa las serpientes
Cuando llegue la aurora palidísima,
donde yo estuve solo habrá vacío,
será el lugar del frío hasta la noche.
Otros querrán vencer por la ternura,
yo no, sobre tu juventud y tu vida
me propongo reinar por el terror.
hasta tu alcoba un día he de volver
y hacia ti deslizarme quedamente
envuelto entre las sombras de la noche.
Entonces te daré, morena mía,
besos que tengan gelidez de luna,
y te acariciaré como se arrastran
en torno de una fosa las serpientes
Cuando llegue la aurora palidísima,
donde yo estuve solo habrá vacío,
será el lugar del frío hasta la noche.
Otros querrán vencer por la ternura,
yo no, sobre tu juventud y tu vida
me propongo reinar por el terror.
En Las flores del mal, Charles Baudelaire.
Voy a dormir
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Alfonsina Storni
4
Venía una tormenta de las que no se ven nunca, toda plateada, con dientes rabiosos, hablaba.
Celiar abrió los ventanos y los volvió a entornar.
Vio a Diamanta sentada en el patio, mientras le caían a las manos unos guijarros que bajaban de la borrasca, blancos, brillantes, como de hielo y con ese olor a las azucenas; ella hizo una especie de ramo.
-Diamanta, ven; para acá.
Ella quedó quieta con el vestido listado que le cubría los pies y las manos.
El recordó el casamiento, y antes, cuando la miraba ir a la escuela, y se le acercó un día diciéndole:
–Tus ojos me gustan tanto. ¿Y si nos casamos?
En realidad era recién que le había visto los ojos, chicos como los de las muñecas, de un celeste rayado y radioso, miraban más allá del cielo, los acontecimientos en la eternidad. Hubiese bastado que tuviese sólo uno; dos era demasiado. Recordó el día nupcial aunque se le iba como un buque, y lo volvía a traer. Los parientes, todos comiendo confites, el vestido e Diamanta; de organdí hasta el suelo, color amarillo rabioso, yema de huevo, y el velo azul rodeado de huevo. Así la trajo a la cama, después de la pavana se cerró la puerta. Ella no se reclinó; buscó en el bolsón de novia una cuaderna, y estudió toda la noche; él la ayudó en aritmética, geografía, y en otra cosa escrita ahí que no se entendía.
Pasaron del mismo modo todos los días. Hoy, bajo la tormenta, él se animó:
-Diamanta, ponte el vestido, el de novia. Hagamos como que hoy nos casamos. Nos casamos, hoy.
Ella, imprevistamente, obedeció; fue al ropero, salió; abajo, se colocó la diadema y el velo.
Cuando él la fue a enlazar, ella se escapó por la ventana; él la siguió, la perdió, la encontró detrás de las zarzas, parada y rígida, y brillando como si fuera sólo un cirio.
Él, entonces, quedó desconocido, se puso unos guantes de asesino, cortó las espinas, la trajo hasta sí. Le quitó todos los celajes que parecían mil, y el último, de entre las piernas, del que cayeron miosotis y algunos caramelos, que el viento llevaba y desparramaba.
Durante el zarpazo ella sacó un poco la lengua, roja como el botón de las rosas, perdió saliva y lágrimas; dio un grito lujurioso y chiquito.
El mundo, al oírlo, quedó parado. Se terminó el vendaval.
Celiar quedó helado. Hablaba con el pensamiento y se oía, sin embargo gritado en los aires:
-Por Dios, Diamanta, tienes los velos; ve tras de las espinas; qué pecado fue hecho. Párate como la Virgen. Jamás contaré lo habido. A ver, dónde está tu himen. Te lo daré; lo tendrás, nuevamente, te lo pegaré.
Vio el cendal de ella goteando como las rosas, y los dos senos con los pezones moviéndose y cuchicheando y que parecían ya incolmables.
Qué pecado fue cometido.
Diamanta ondeaba como una víbora.
El resto del mundo estaba azul, negro y quieto.
En Rosa mística. Relatos eróticos. Marosa Di Giorgio. (2003)
13
El bosque de casuarinas donde un día se presentó el Diablo.
-¿Se presentó el Diablo?
Sí, y todo tejido en lana roja y negra. Como una manta y un saco.
Yo era chica y dije: -¿Qué es un diablo?
Era adolescente y quedé alelada.
Era una mujer y quedé picada.
Me le acerqué, pero no mucho, porque no se podía; a ratos, parecía que no estaba.
De pronto dije:
-Yo soy una princesa. Pero, legítima; no de pacotilla como las que salen en los diarios.
Al oír esta oración extraña, parpadeó, aunque sus ojos eran inmóviles, y algo se asombró.
Quedaba tieso. Parecía un objeto, un tejido olvidado.
Yo, por aliviar las cosas, vencer esas extrañezas, fui hasta la cocina, tomé, desde un platillo, dulces de higo, salí a mirar las ramas.
Pero, él ya estaba allí; con un salto invisible y opaco, ya estaba allí.
Le dije: -Diábolo.
Él contestó: -Mariposa Glicina. Y Glicina Mariposa.
Llamándome así por mis nombres prohibidos, pues, por salvarme de todo mal, no me habían hecho figurar en el Registro.
Me acerqué a su lana. Él dijo: -Vayamos a los infiernos donde están nuestros hermanos.
-¿Cómo…?!!
Di un grito que no se oyó.
Pero, le tendí los dedos, que él acarició por sumo instante. Pidió: -Y dame las cosas de abajo.
Aunque parezca mentira me acerqué y separé las piernas.
Él buscó y encontró los orificios; lamió y hendió; uno a uno, los lamía y los partía. Yo, un poquito, brincaba. Dijo: -Vayamos al infierno, ya. Eres de las que sirven bien. Vamos, bromelia, móntate en mi lomo. Y vamos.
En Rosa Mística. Relatos eróticos, Marosa Di Giorgio.
lunes, 5 de diciembre de 2011
La Venus de las Pieles (fragmento)
-Es decir que usted ahora es mi esclavo, pero sin ilusiones, y yo lo habré de pisotear por ese motivo sin la menor piedad.
-¡Señora!
-¿No me conoce todavía? Sí, soy cruel (dado que usted encuentra tanto placer en esta palabra), ¿y acaso no tengo derecho? El hombre es el que codicia, la mujer es la codiciada. Éste es todo el privilegio de la mujer y su bien más preciado. La naturaleza le ha entregado al hombre, que sufre por su apasionamiento. Y la mujer que no comprenda que puede hacer de él su súbdito, su esclavo, inclusive el juguete de sus pasiones, para reirse de él traicionándolo, esa mujer es una estúpida.
- Sus principios, mi querida... -exclamé completamente desarmado.
- Mis principios se basan en una experiencia de milenios -me respondió la señora con desdén, mientras sus dedos blancos jugaban con el pelaje oscuro que la recubría- y cuanto más entregada se muestre la mujer, tanto más rápido el hombre se pondrá serio y dominador. Por el contrario, cuanto más febrilmente ella juegue con él, cuanta menos piedad le haga sentir, tanto más lubricidad se despertará en el alma masculina. Sólo así él habrá de amarla y adorarla. Así sucedió en todos los tiempos, desde Elena a Dalila, desde Catalina II a Lola Montez.
-No puedo negarlo -le dije-. No existe para el hombre nada que lo excite más que la imagen de una bella mujer despótica en toda su sensualidad y crueldad, que vaya cambiando de favoritos de modo arrogante y según el capricho más arbitrario...
Leopold Von Sacher- Masoch
La dama del alba. Acto segundo (fragmento)
ABUELO.- No me fío de ti. Si fueras leal no entrarías disfrazada en las casas, para meterte en las habitaciones tristes a la hora del alba.
PEREGRINA.- ¿Y quién te ha dicho que necesito entrar? Yo siempre estoy dentro, mirándolos crecer día a día desde detrás de los espejos.
ABUELO.- No puedes negar tus instintos. Eres traidora y cruel.
PEREGRINA.- Cuando los hombres me empujáis unos contra otros, sí. Pero cuando me dejáis llegar por mi propio paso... ¡cuánta ternura al desatar los nudos últimos! ¡Y qué sonrisas de paz en el filo de la madrugada!
ABUELO.- ¡Calla! Tienes dulce la voz, y es peligroso escucharte.
PEREGRINA.- No os entiendo. Si os oigo quejaros siempre de la vida, ¿por qué os da tanto miedo dejarla?
ABUELO.- No es por lo que dejamos aquí. Es porque no sabemos lo que hay al otro lado.
PEREGRINA.- Lo mismo ocurre cuando el viaje es al revés. Por eso lloran los niños al nacer.
ABUELO (Inquieto nuevamente.) - ¡Otra vez los niños! Piensas demasiado en ellos...
PEREGRINA.- Tengo nombre de mujer. Y si alguna vez les hago daño no es porque quiera hacérselo. Es un amor que no aprendió a expresarse... ¡Que quizás no aprenda nunca! (Baja a un tono de confidencia íntima.) Escucha, abuelo. ¿Tú conoces a Nalón el Viejo?
ABUELO.- ¿El ciego que canta romances en las ferias?
PEREGRINA.- El mismo. Cuando era un niño tenía la mirada más hermosa que se vio en la tierra; una tentación azul que me atraía desde lejos. Un día no pude resistir... y lo besé en los ojos.
ABUELO.- Ahora toca la guitarra y pide limosna en las romerías con su lazarillo y su plato de estaño.
PEREGRINA.- ¡Pero yo sigo queriéndole como entonces! Y algún día he de pagarle con dos estrellas todo el daño que mi amor le hizo.
ABUELO.- Basta. No pretendas envolverme con palabras. Por hermosa que quieras presentarte yo sé que eres la mala yerba en el trigo y el muérdago en el árbol. ¡Sal de mi casa! No estaré tranquilo hasta que te vea lejos.
PEREGRINA.- Me extraña de ti. Bien está que me imaginen odiosa los cobardes. Pero tú perteneces a un pueblo que ha sabido siempre mirarme de frente. Vuestros poetas me cantaron como a una novia. Vuestros místicos, como a una redención. Y el más grande de vuestros sabios me llamó "libertad". Yo misma se lo oí decir a sus discípulos, mientras se desangraba en el agua del baño: "¿Quieres saber dónde está la verdadera libertad? ¡Todas las venas de tu cuerpo pueden conducirte a ella!"
ABUELO.- Yo no he leído libros. Solo sé de ti lo que saben el perro y el caballo.
PEREGRINA. (Con profunda emoción de queja) - Entonces, ¿por qué me condenas sin conocerme bien? ¿Por qué no haces un pequeño esfuerzo para comprenderme? (Soñadora) También yo quisiera adornarme con rosas como las campesinas, vivir entre niños felices y tener un hombre hermoso a quien amar. Pero cuando voy a cortar las rosas todo el jardín se me hiela. Cuando los niños juegan conmigo, tengo que volver la cabeza por miedo a que se me queden fríos al tocarlos. Y en cuanto a los hombres, ¿de qué me sirve que los más hermosos me busquen a caballo, si al besarlos siento que sus brazos inútiles me resbalan sin fuerza en la cintura? (Desesperada.) ¿Comprendes ahora lo amargo de mi destino? Presenciar todos los dolores sin poder llorar... Tener todos los sentimientos de una mujer sin poder usar ninguno... ¡Y estar condenada a matar siempre, siempre, sin poder nunca morir!
Alejandro Casona.
Wisdom of the kings
Holy dragons keepers of time
ride brave the blue skies and spell my eyes
fly beyond these hills ride on the wind
the wisdom of the kings
domingo, 4 de diciembre de 2011
Los árboles mueren de pie (fragmento)
ISABEL.- Parece increíble, ¿verdad? Y sin embargo esa es la gran lección que he aprendido aquí. Mi cuarto era estrecho y pobre, pero no hacía falta más; era mi talla. En el invierno entraba el frío por los cristales, pero era un frío limpio, ceñido a mí como un vestido de casa. Tampoco había rosas en la ventana; solo unos geranios cubiertos de polvo. Pero todo a medida, y todo mío; mi pobreza, mi frío, mis geranios.
MAURICIO.- ¿Y es a aquella miseria a donde quieres volver? No lo harás.
ISABEL.- ¿Quién va a impedírmelo?
MAURICIO.- Yo.
ISABEL.- ¿Tú? Escucha, ahora ya no hay maestro ni discípula; vamos a hablarnos por primera vez de igual a igual, y voy a contarte mi historia como si no fuera mía para que la veas más clara. Un día la muchacha sola fue sacada de su mundo y llevada a otro maravilloso. Todo lo que no había tenido nunca se le dio de repente: una familia, una casa con árboles, un amor de recién casada. Solo se trataba, naturalmente, de representar una farsa, pero ella "no sabía medir" y se entregó demasiado. Lo que debía ser un escenario se convirtió en su casa verdadera. Cuando decía "abuela" no era una palabra recitada, era un grito que le venía de dentro y desde lejos. Hasta cuando el falso marido la besaba le temblaban las gracias en los pulsos. Siete días duró el sueño, y aquí tienes el resultado: ahora ya sé que mi soledad va a ser más difícil, y mis geranios más pobres y mi frío más frío. Pero son mi única verdad, y no quiero volver a soñar nunca por no tener que despertar otra vez. Perdóname si te parezco injusta.
MAURICIO.- Solamente en una parte. ¿Por qué te empeñas en pensar que esa historia es la tuya sola? ¿No puede ser la de los dos?
ISABEL.- ¿Qué quieres decir?
MAURICIO.- Que también yo he necesitado esta casa para descubrir mi verdad. Ayer no había aprendido aún de qué color son tus ojos. ¿Quieres que te diga ahora cómo son a cada hora del día, y cómo cambian de luz cuando abres la ventana y cuando miras el fuego, y cuando yo llego y cuando yo me voy?
ISABEL.- ¡Mauricio!
MAURICIO.- Siete noches te he sentido dormir a traves de mi puerta. No eras mía, pero me gustaba oírte respirar bajo el mismo techo. Tu aliento se me fue haciendo costumbre, y ahora lo único que sé que es que ya no podría vivir sin él; lo necesito junto a mí y para siempre, contra mi propia almohada. En tu casa o en la mía, ¡qué importa! Cualquiera de las dos puede ser la nuestra. Elige tú.
Alejandro Casona.
Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado...
Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.
Marosa Di Giorgio.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Excesos (fragmento)
Las primeras historias de Claudia formaban parte de su infancia. En una soy su padre, y la seduzco en el patio de su casa. La pequeña, sentada en mis rodillas, juega distraída con mi llavero mientras mi mano, bajo su vestido de organdí, acaricia sus muslos rollizos y tibios. ("Basta, papi, o se lo cuento a mamá.") En otra me convierto en un jardinero italiano. Claudia baja inocentemente de su bicicleta y me pide una flor ("Señor, ¿me regalaría esa rosa para la maestra?"): la llevo engañada al invernadero y la violo sobre el piso de tierra que huele a musgo, a humedad. En otra, soy un ovejero alemán; Claudia, imprudentemente, me rasca la barriga; en vano implora: "San Roque bendito, líbrame de este perro".
Agotadas las historias infantiles, Claudia siguió con un ciclo de episodios cinematográficos. No me costó demasiado identificar a los actores que la amaban: eran protagonistas de películas que habíamos visto en los tiempos de nuestro noviazgo. Sin embargo, tardé en comprender que cuando Claudia repetía con fervor "mi monito adorado", se debatía bajo el peso de Tarzán, papel que asumí a la perfección, con golpes en mi pecho y bramidos.
(...)
Desde hace algunas noches, las historias me proponen papeles a menudo escabrosos. En una, soy un marinero: Claudia, que trabaja en un prostíbulo, me ofrece por una módica suma, al margen de la tarifa, un goce aberrante que acepto a pesar del temor que me inspiran sus dientes afilados. ("No precisás quitártelo, Negro. Bajate sólo el cierre.") Con un látigo en la mano, soy también el rufián que la explota y que ella ama devotamente ("¿Te parece poco? Es todo lo que tengo, te lo juro"). Millonario exquisito, me acuesto al mismo tiempo con ella y su amiga lesbiana ("Acostate conmigo, hermanita, que el gringo paga bien").
En Así es mamá, Juan José Hernández, 1996.
La fornicación es un pájaro lúgubre (fragmento)
-Cerrate ese tapado. Venus de las pieles.
-Te gusta, es mío -informa con impávida falsedad Agustina y Bender la mira-. Mentís, trompeta -dice Agustina, bajando los ojos-. Adónde me llevás -preguntó después.
Entonces Bender se lo dijo, estaba enojado y se lo dijo con brutalidad. No le dijo adónde sino a qué. Empleó una palabra fea, un vulgarismo. Tal vez debió decir a hacer el amor, no esa palabrota.
Agustina estaba encantada.
-¡Surprise! -dijo-. ¿Otra vez?
Bender la miró con ojos de loco.
-Pero antes -dijo Bender- te llevo al cine. Siempre jodiste con que te llevara al cine -no sé por qué estoy hablando con ferocidad, pensó Bender, yo no soy así, yo soy más bien un melancólico-. Y después del cine te llevo a comer a algún lugar exótico, carísimo, con cíngaros y bayaderas y turcas con el ombligo al aire que bailen la danza del vientre -me enloquecí, pensó Bender.
-¡Fa! -dijo Agustina.
-Y a caminar. También a caminar por parques húmedos.
-Qué hermoso. Y después de eso me abandonás. O te suicidás. Te lo veo en la cara.
-Qué, cómo.
-Que quiero ir a ver una prohibida para menores de dieciocho.
Y Bender tuvo una revelación. O dos.
La primera no fue, strictu sensu, una revelación auténtica: fue una constatación. Siempre lo sospeché. Las mujeres saben todo acerca de todo. Cumplen once años y ya está. Colegiala que pese más de treinta y cinco kilos, trae, en su carterita, un biberón y un mejoralito para Bender. Debido a que soy huérfano. El desamparo se nota. La soledad es como un resplandor. Enfermera, pitonisa, madre y puta son funciones litúrgicas de la mujer. Por eso se me pegan estas yeguas. Practican conmigo. Y yo me voy a morir lejos del Paraíso. Sin confesión y sin Dios. Y seguramente sin pilila. Crucificado a mis penas como abrazado a un rencor. Nada de lo cual fue la verdadera revelación. La revelación fue cuando Bender oyó que Agustina quería ver una película chancha. La miró y se quedó mirándola. La miró con helados ojos repentinamente grises, dos pequeñas y frías monedas de níquel, qué cosa escalofriante. Bajo su negro paraguas, Bender miró a Agustina desde Transilvania. Y ahora habla secamente. La está corrompiendo, la seduce, ha empezado a violarla hasta el más remoto sarampión, hasta el último vestigio de Quacker Oats.
- No querés nada de eso -dijo-. Lo que Agustina quiere es ir a ver el festival de Tom y Jerry. Y que lo aproveche bien, que se ría hasta hacerse pipí de felicidad. Carpe diem. Porque nunca en su vida volverá a ver un dibujo animado con los mismos ojos.
En Las maquinarias de la noche, Abelardo Castillo, 1992.
viernes, 2 de diciembre de 2011
5. Algunos casos de sadismo (fragmento)
En el sadismo se incluyen también las excitaciones producidas por los defectos corporales. A una persona normal, esto puede antojársele una aberración incomprensible, puesto que siempre ha sido y es la belleza la que suscita el amor y los deseos de la carne. Pero son mucho más frecuentes de lo que se cree los casos de hombres y mujeres que sienten una atracción especial por los defectos físicos. Hay un viejo refrán muy conocido que se refiere a las cojas, como seres especialmente conformados para producir un verdadero placer sexual; y sabido es que los tipos de gigantes o de personas con miembros desproporcionados cuentan infinidad de admiradores y admiradoras. La leyenda de los orangutanes, a cuyas caricias se dice que algunas mujeres célebres se entregaron, no tiene otro origen que ese. Entre los personajes más conocidos -por no citar más que este- figura, en ese aspecto, Baudelaire, el poeta que tantas admiraciones despertó en su tiempo y sigue despertando en nuestros días. Baudelaire tuvo relaciones, como es sabido, con mujeres de horrible fealdad y con gigantas. Y aún se cuenta que un día expresó el deseo, ante una mujer bonita, de colgarla por los brazos y besarle en esa postura los pies - lo que denotaría ya otra clase de sadismo.
En El Marqués de Sade, Eugene Duehren, 1947.
¿Qué se sentirá al recibir un ramo de flores? ¿Y una caja de bombones? ¿Y el famoso gesto del hombre arrodillado entregándote un anillo como símbolo de su amor?
¿Por qué será que no entiendo nada de todo eso? ¿Por qué será que pienso que todas esas son nimiedades, que el amor es energía que traspasa cualquiera de esas expresiones materiales? ¿Acaso alguna de todas esas cosas es necesaria? ¿Por qué esa necesidad de exhibir lo que uno siente o lo que el otro siente como si fuera un trofeo?
¿Y esa otra maldita necesidad de querer cambiar al otro? (De querer cambiarlo para que se parezca a uno). ¿Para qué? ¿No es absolutamente aburrido? ¿Y si nos aceptásemos en nuestras diferencias, entendiendo que en la diferencia, y no en lo semejante, está lo maravilloso? Entender que descubrir y aceptar la diferencia en el otro, es descubrirse y aceptar la diferencia en uno/a mismo/a.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)